Las máquinas tragamonedas son nada más uno de los tantos artefactos creados por la humanidad para entretener y divertir. Desde hace más de cuatro siglos (en realidad muchos más), ha habido inventores que han creado ya sea modestos títeres hechos de cartón, trapos y cuerdas, hasta complejas máquinas como los tiovivos o caballitos de feria. La necesidad de recreación ha creado incluso ingeniosos artefactos basados más en reglas y conceptos estratégicos que en complicados mecanismos de funcionamiento, como el caso del ajedrez o las damas.
La máquina tragaperras utiliza un par de componentes sicológicos muy importantes dentro de la concepción misma de la naturaleza humana: la necesidad intrínseca de recreación que tenemos las personas, y el aliciente de obtener una recompensa por ello. Ambos elementos de la condición humana enlazados en una sola máquina, no podían ser sino un éxito rotundo.
Por supuesto, ha habido a lo largo de la historia muchos inventores que han discurrido en tales razonamientos como los anteriores; incluso muchos genios han dedicado varias horas a crear artilugios físicos o teóricos que distraigan la mente y reporten algún beneficio adicional, como el legendario caso de Pascal, a quien se atribuye la invención de la ruleta.
Y es que el juego, según la naturaleza de cada individuo, realmente apasiona, hasta extremos que a veces caen en el terreno de lo anecdótico, como el caso del Conde de Sandwich, de quien se cuenta que, en su afán de no dejar la mesa de juego, ordenaba preparar a sus sirvientes unos bocadillos consistentes en rebanadas de pan en cuyo interior colocaban lonjas de carne de cerdo y alguna ensalada.
Conocedor de la naturaleza humana, y entusiasta él también de las máquinas recreativas, el ingeniero alemán Charles Fey construyó en 1895 la primera máquina tragamonedas del mundo, bisabuela de la tragaperras tal y como la conocemos hoy. Esta máquina consistía en tres carretes accionados por un dispositivo mecánico que los hacía girar en cuanto el usuario introducía una moneda y tiraba de una palanca ubicada en el costado derecho de la máquina. Los carretes (o bobinas) tenían en su parte visible campanas y palos de la baraja. El jugador ganaba el juego a la máquina, si lograba emparejar tres figuras iguales, como tres campanas. Como el artefacto producía sonidos como de campanas, la máquina fue bautizada como “Liberty Bell”, en alusión a esta característica, además del sentido patriótico implícito hacia los Estados Unidos, pues la máquina fue construida en San Francisco. El único premio, en caso de ganar en alguno de estos artificios mecánicos, era una bebida, cigarrillos o goma de mascar.
Con el pasar del tiempo se decidió dotar a la máquina de capacidad de pago y una bandeja donde caigan las monedas del premio, realizando pagos de acuerdo a las leyes de la probabilidad.
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